Era una tarde de invierno. La mecedora abandonada. El frío resonaba, sordo, en las paredes y la verdad cayó.
El vacío que dejó su ausencia se llenaba cada vez que miraba esa mecedora, con su cojín y su manta, con su libro y su flor.
La manta rozaba el suelo, como su mano mis mejillas.
¡Cuántas veces abracé sus manos callosas por el trabajo de largos años!
La mecedora, dura y vieja, como ella, llenaba su habitación.
Como su presencia y su carácter, imponente y rudo; pero a la vez lleno de cariño y verdadera pasión.
Bajo su blanco pelo, escondía mil aventuras, mil historias apasionantes y llenas de ilusión.
Al igual, bajo su manta, alimentaba sus historias leyendo, ávida de juventud, bajo unas lentes antiguas y sin valor.
¡Cuánto te echaré de menos! ¡Cuándo moveré la mecedora yo!
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